Kyoto está situada en el sur de la isla de Honshu y es la capital de la prefectura urbana de Kyoto, cerca de Osaka. Esta ciudad, capital del Japón casi ininterrumpidamente desde el año 794 hasta 1868 cuando se traslada la sede administrativa a Tokio —Era Meiji—, fue un importante centro religioso y cultural —existen más de dos mil templos budistas y santuarios sintoístas— lo cual la libró de ser bombardeada en la segunda guerra mundial. Dentro de estos templos se encuentra Kinkaku-ji, construido en 1394 por Yoshimitsu, tercer shogun de Ashikaga, y concebido originalmente como una villa que con el tiempo se transformaría en un templo budista zen.

ASHIKAGA YOSHIMITSU (1358 – 1408) heredó de la familia SAIONJI la mansión de Kitayama, que transformó en residencia rústica, de una muy amplia concepción. Esta mansión se componía, sobre todo, de edificaciones destinadas al culto budista: Sala de Relicario, Salón del Fuego Preservador, Salón de la confesión, Estanque de la Verdad, y de otras varias piezas con destino a ser habitadas, como el Apartamento Señorial, el Salón de la Nobleza, la Sala de Reunión, el Torreón del “Espejo Celeste”, la Torre del “Señor del Norte”, el Patio del Manantial, el Mirador de la “Nieve contemplada”, y muchos otros salones... Y fue precisamente la Sala del Relicario construida con esmero y minuciosamente, la que vino a ser conocida por el “Pabellón de Oro”. Es difícil establecer en qué época tomó tal denominación; parece que fue, quizás, inmediatamente después de las revueltas de Onín (1467 – 1477), puesto que en la era de Bummei (1467 – 1487) se le conocía ya bajo tal nombre.
 
El Pabellón de Oro es una construcción de dos pisos, desde el que se domina el llamado “Espejo de Agua”, jardín de recreo. Parece que fue terminado de construir en 1398, quinto año de la era de Oei. Tanto los bajos como el primer piso pertenecen al estilo arquitectónico “Shiden”, de tipo doméstico, con sus “tablas superpuestas” cual pliegues. El segundo piso es una pieza de cinco a seis metros cuadrados, del más puro estilo Zen, con puerta central corrediza y ventana con florón de un extremo a otro. El techo está construido con listones de madera de ciprés. Es de tipo “Hokei” y está rematado por un fénix de bronce dorado. El Pabellón de pesca, llamado “Sosei”, con techo de doble pendiente cuyo pináculo mira al estanque, rompe la monotonía del conjunto.
 
La suave curvatura de los tejados, la exacta separación de los cabrioles, la finura del trabajo plasmada en la madera, confieren una especial elegancia y ligereza al conjunto. Por una armoniosa distribución de construcciones destinadas unas al culto, y con fines residenciales otras, todo ello resulta una obra maestra de arquitectura de jardín. Al tiempo que nos revela en Yoshimitsu un gusto que fue la flor más delicada de la cultura cortesana, nos da una excelente idea del ambiente de aquella época. Tras la muerte de Yoshimitsu, de acuerdo con su última voluntad, la mansión de Kitayama fue convertida en un monasterio Zen, conocido por el nombre de Rokuonji. Más tarde, de las diferentes construcciones, algunas fueron trasladadas de lugar y las otras abandonadas al tiempo, a su ruina; a excepción sola del Pabellón de Oro, que afortunadamente, aún nos queda... (Mishima, 22)
 
En 1950 fue incendiado por Hayashi Yoken, un acólito zen “who said that his motive was antipathy against beauty”5. Su reproducción exacta fue concluida en 1955 incluyendo el pabellón de hoja de oro.
Un año después sería publicada la novela de Yukio Mishima: El Pabellón de oro. Mishima recrea la noticia del incendio del Pabellón haciendo que su personaje, Mizoguchi —quien encarna a Hayashi Yoken, tartamudo, miembro de una familia de tradición religiosa— narre las razones que lo llevaron a incendiar el pabellón dorado del templo Kinkaku-ji. Mizoguchi narra los hechos tratando de recoger todas las experiencias que lo llevaron a incendiar el Pabellón de Oro, parado desde un presente que le permite analizar psicológicamente todos sus actos desde la niñez.
 
La novela empieza con un recuerdo de infancia: el padre de Mizoguchi siempre le había hablado del Pabellón de Oro. Nacido en Shiraku, era prior de algún templo menor, lo cual predestinaba a su hijo a ser prior también. Desde muy temprana edad entró a la escuela dejando el hogar, pero un solo pensamiento ocupaba su mente: la historia que contaba su padre sobre el pabellón. “No había nada en el mundo que le igualara en belleza: El pabellón de oro se iba grabando en mi mente con el simple sonido de sus palabras (...)”6
 
Así, todos los eventos naturales, todas las existencias eran comparadas con el Pabellón como si este fuera el único parámetro para medir la belleza de las cosas.
 
El monumento empieza a representar desde temprana edad el deseo de Mizoguchi de cumplir el sistema de valores de su padre así como la devoción cultural colectiva al pasado tradicional.
 
El se describe a sí mismo como un muchacho débil y feo; además tartamudo. Su nombre significa literalmente “estrangement-mouth or gap mouth. (Mizo means gap, gulf, ditch or gutter; guchi or kuchi means mouth).” (Nemoto, 7) Y en uno de sus usuales auto-análisis concluye: “es fácil imaginar que un niño en tales condiciones se empeñara en alimentar dentro de sí una voluntad de poder equilibrada entre dos polos opuestos.” (Mishima, 7)
 
Creía pues, que era un ser secretamente escogido que escondía dentro una gran fuerza, a pesar de mostrar hacia afuera debilidad.
 
Un día cualquiera un marino asiste a la escuela donde él estudia y es rodeado por todos los demás estudiantes y tratado como un héroe. El no se acerca y observa la estampa de lejos hasta que el propio marino le dirige la palabra preguntándole si él se unirá a la marina. “No, yo seré sacerdote”(Mishima, 9). Siente que esa es su primera revelación al pronunciar estas palabras sin la más mínima muestra de tartamudeo.
 
De repente se me hizo claro que yo había de esperar, con las dos manos abiertas, esperar mi hora en un mundo lleno de tinieblas; y después, todo, aquellas flores de mayo, aquellos uniformes de mis compañeros, llenos de orgullo y malicia, todo cabría en el hueco de mis manos. (Mishima, 9)
 
El marino llevaba consigo una daga que todos los muchachos admiraban. En un momento de descuido y luego de su revelación, Mizoguchi se siente capaz de rayar la daga con tres cuchilladas. Desde allí nuestro personaje revela una extraña afección por la belleza. La daga hacía parte de esos instrumentos que en la marina tenían gran valor tradicional y que en el corriente de la gente ejercían una atracción. ¿Por qué Mizoguchi no podía compartir con los demás esa admiración?, ¿por qué, por el contrario, tenía que dañar, que acabar con esa belleza? La semilla de la destrucción estaba ahí.
 
Relacionado con el suceso de la daga, está este otro: una enfermera que le gustaba, Uiko, recorre su camino del hospital a la casa por una carretera oscura, Mizoguchi corre hacia ella y se le atraviesa en el camino sin poder decirle nada. Ella lo esquiva, ríe y sigue su camino. Mizoguchi de nuevo se enfrenta con la belleza, en este caso, con la belleza de una mujer. Al intentar enfrentar lo exterior, lo externo, se ve burlado y desea la muerte; pero no la propia sino de lo externo, en este caso de Uiko que fue testigo de su vergüenza. (La vergüenza existe por que otros son testigos de ella).
 
La policía busca a un marino que ha escapado y descubren que Uiko lo tiene escondido. El suceso termina con la muerte de Uiko y el suicidio del marino.
 
Su revelación parecía entonces cumplirse —“de repente se me hizo claro que yo había de esperar (...) todo cabría en el hueco de mis manos”— pero esto, en vez de alegrarlo, lo asusta.
 
El padre llega a buscarlo a la escuela pues está muy enfermo y quiere, antes de morir, presentarlo al prior del Pabellón de oro.
 
“A cualquier precio necesitaba que el templo de oro fuese algo esplendoroso. Así pues yo no confiaba tanto en su belleza intrínseca cuanto en mi propia aptitud para imaginar tal belleza”. (Mishima, 20)
En las noches, Mizoguchi se dedica a repasar las palabras de la enciclopedia acerca del Pabellón de Oro que seguramente fueron sacadas por el propio Mishima de algún libro sobre templos zen, y se imagina el templo. Concluye que el primer problema con el que se encontró en la vida fue el problema de la belleza.
 
Mi padre no fue más que un simple sacerdote de aldea, de vocabulario pobre; sólo me decía que ninguna cosa en el mundo igualaba en belleza al Pabellón de oro. El pensamiento de que la belleza, sin yo saberlo, pudo existir ya antes en alguna parte, me causaba invenciblemente un sentimiento de malestar y de irritación, pues si la belleza existía efectivamente en este mundo, era yo quien, por su existencia misma, me hallaba excluido de él. (Mishima, 23)
 
Mizoguchi sentía que no formaba parte de la belleza; que sin él, ella podía seguir existiendo. La distancia que lo separaba de la belleza se hacía aún más grande gracias a su fealdad y su tartamudez. El Pabellón se convirtió entonces, no en un símbolo de la belleza, sino en la belleza misma, aunque Mizoguchi nunca lo hubiera visto más que en fotos.
 
Cuando por fin llega al Pabellón en compañía de su padre, ninguna emoción anima su espíritu, pero al recorrer el templo descubre su hermoso reflejo en el agua y su belleza en la noche. “Lo que tú decías es verdad, padre: el Pabellón de Oro es la cosa más bella del mundo”. (Mishima, 31) Al poco tiempo de aquella visita el padre muere y no recibe la nota que su hijo le ha mandado.
 
La narración continúa con la cremación del cuerpo del padre, por el cual Mizoguchi no siente pena alguna pues cree que él es un ser cargado con impotencia afectiva. Esta muerte hace de inmediato que entre de bonzo —como estudiante y a la vez como criado— al Pabellón Dorado. “Pabellón de Oro, por fin he venido a vivir contigo”. (Mishima, 36)
 
Su conflicto con lo que significaba el Pabellón, lo que era y lo que representaba para él se volvía poco a poco más agudo. En el libro son pocas las páginas en las cuales las reflexiones no giran alrededor de la misma preocupación (a la cual Mizoguchi le atribuía características humanas): el templo del Pabellón de Oro.
 
Es 1944 y se hacen varias reflexiones sobre la guerra y el momento que está viviendo Japón a pesar de sólo tener contacto con él a través del periódico.
 
Mientras me apresuraba a lo largo de las galerías iba echando ojeadas a los grandes titulares del periódico, cuyas tintas olorosas estaban cargadas de inquietantes emanaciones del mundo profano. Podía leer: ¿La capital está condenada a sufrir lo ataques aéreos? (...) Después de la caída de Saipan los ataques aéreos sobre el Hondo eran frecuentes; en Kyoto se apresuraba la evacuación de una parte de la población (Mishima, 42).
 
Esta es la descripción de Mizoguchi sobre la guerra:
 
Nótese que aquel año ya no aprendí una sola oración ni leí un solo libro; que día tras día y desde la mañana hasta la noche fui absorbido por la educación moral, la formación del soldado, la preparación militar, el trabajo obligatorio en la fábrica, ejercicios de evacuación, etc. (...) La guerra, para nosotros, adolescentes, era una experiencia llena de confusión y vacía de realidad. (Mishima, 44)
 
En estas reflexiones podemos adivinar la voz de Mishima que tenía en ese entonces —1944— 19 años. Varios son los pasajes que, como el anterior, se encuentran en Confesiones de una máscara escrita en 1949:
 
Los monitores de último curso, entre los que yo me contaba, estaban al mando de los estudiantes en la formación matutina, la gimnasia de la mañana, y la instrucción militar de la tarde. (Esta última, obligatoria en las escuelas de enseñanza superior, consistía en treinta minutos de gimnasia naval, y después nos echábamos al hombro las pertinentes herramientas e íbamos a cavar refugios antiaéreos o a segar el césped (...)7
 
Las experiencias de guerra que se narran en El Pabellón de oro están siempre relacionadas con el temor de los bombardeos. Las experiencias de guerra que narra el propio Mishima a los veinticuatro años en Confesiones de una máscara describen esos mismos bombardeos:
 
Las víctimas del bombardeo llenaban los andenes. Estaban envueltas en mantas de manera, de manera que sólo se les veían los ojos, mejor dicho, sólo se les veían los globos oculares, por cuanto se trataba de ojos que nada veían, nada pensaban. Había una madre que parecía mecer a su hijo eternamente, sin jamás variar ni en la anchura de un pelo de arco que trazaba al balancear el cuerpo hacia delante y hacia atrás (...) Aquellos seres sufrientes habían visto como el fuego destruía cuantas pruebas pudiera haber de su existencia como seres humanos (...) (Mishima, Confesiones 142)
 
Gracias a esa vivencia, Mishima puede trasmitir a Mizoguchi el temor que el pueblo sentía por las bombas. Posteriormente ese temor de Mizoguchi se transformará en anhelo:
 
Sí, lo más probable era que mañana el Pabellón de oro ardería; que sus formas que llenaban el espacio se esfumarían... Entonces, el fénix de su techo reviviría y emprendería un nuevo vuelo, como el inmortal y legendario pájaro. Y la maravilla, no ha mucho prisionera de su forma, se convertiría en pura ligereza, rompería sus amarras y en todas partes manifestaría su presencia (...) (Mishima, Pabellón 47)
La posibilidad de que el Pabellón de oro se queme gracias a los ataques aéreos le permitiría a Mizoguchi disfrutar de una calma que lo unía a la belleza: “El hecho de que los dos estuviésemos en este mundo expuestos a los mismos peligros me daba ánimos. En ello había encontrado el eslabón intermediario entre su belleza y yo.”(Mishima, Pabellón 46)
 
Mizoguchi tenía la sensación de rechazo. El no hacía parte de la belleza del Pabellón y no tenía cabida en ella; no había posibilidad de que él se sintiera parte de ese mundo. Pero la posibilidad de compartir el riesgo de ser destruido al mismo tiempo, lo incluía; lo hacía parte de él.
 
La idea de que la llama que acabaría conmigo acabaría también con el Pabellón de oro, me producía casi una embriaguez. Con los mismos desastres, las mismas llamas de infortunio sobre nuestras cabezas, habitábamos universos con las mismas dimensiones. (Mishima, Pabellón 47)
 
Un nuevo acólito se hace amigo de Mizoguchi, se trata de Tsurukawa.
 
Este suceso del cual son testigos tendrá una profunda importancia y estará ligado a una serie de coincidencias más adelante. Al visitar el templo Nanzenji son testigos de una ceremonia del té en la cual una mujer abriendo delicadamente su kimono le ofrece a su invitado, un oficial, leche materna.
 
En 1945 se celebra el aniversario de la muerte del padre y en este pasaje se hace la primera y casi única alusión a la madre de la cual tiene un recuerdo desagradable a los 13 años cuando vivían en compañía de un tío y dormían los cuatro (madre, padre, el tío y él) bajo un mismo mosquitero. El se despertó en la noche descubriendo un extraño vaivén en el mosquitero que no era producido por el viento. Al voltearse descubrió algo que su padre le impidió detallar al taparle los ojos. Desde esa época siente una gran aversión contra la madre, la cual no volverá a mencionar en el libro. A su vez, cuando la madre lo visita en el templo, la vergüenza y el odio que ella le genera se mezclan, creando en él la sensación de que sus propósitos no podrán cumplirse.
 
Al volver al pabellón siente deseos de que este sea bombardeado pero su madre, con un sentido muy amplio de la realidad, niega esta posibilidad. “Yo perdía por lo mismo mi razón de vivir”. (Mishima, Pabellón 62)
 
Finaliza la guerra y ese mismo día, el prior convoca a todas las personas del templo y cuenta la historia “Nasen mata un gato” —“Este caso ha sido siempre considerado como uno de los más difíciles en la doctrina zen.” (Mishima, Pabellón 65)— en la cual un gato entra a un monasterio y sin que ninguno de los dos grupos de monjes se decida a cuidarlo el Prior lo toma por el cuello y dice “si alguno de vosotros puede pronunciar la palabra, el gato está salvado; si no, morirá”. El Prior mata al gato. El primero de sus discípulos llega después y al escuchar la historia y al pe-dir su opinión sobre lo ocurrido, responde poniéndose las sandalias en la cabeza. El Prior dice “¡Ah, sólo con que hoy hubieses estado tú aquí! ¡El gatito se habría salvado...!”
 
Después de leer la homilía, el prior da una breve explicación:
 
El lugar donde Chosu [el primer discípulo] se puso las sandalias, en la cabeza, se tenía por un lugar particularmente delicado. (...) Matando al gato, El Padre Nasen había tronchado las ilusiones del Yo; había cortado de raíz todos los pensamientos malignos y las peligrosas quimeras. Por la práctica de la impasibilidad, había segado la cabeza del gato, y al mismo tiempo suprimido toda contradicción, toda oposición, todo desacuerdo entre el Yo y el Otro. Si este acto era llamado la “Cuchilla-que-mata”, el acto de Chosu, por el contrario, recibía el nombre de la “Espada-que-da-vida”; puesto que aceptando poner sobre su cabeza, con una infinita generosidad, una cosa tan mancillada como unas sandalias, había puesto en práctica la santidad budista. (Mishima, Pabellón 66)
 
Sin embargo, tal explicación no servía de ninguna cosa a Mizoguchi, a quien poco le importaba la derrota del Japón y en nada cambiaba su vida, más que volver a la rutina diaria, tener un poco menos de alimento y perder la posibilidad de morir junto al Pabellón dorado.
 
Más adelante veremos como esta especie de koan daría vueltas en su cabeza y como Mishima se aprovecha del zen para darle un nuevo giro a los pensamientos de Mizoguchi.
 
El koan es una especie de problema que el maestro formula a sus discípulos para que lo resuelvan. “Problema” no es un buen término, sin embargo, y yo prefiero el original japonés Ko-an (kung-an en chino). Ko significa literalmente “público” y an es “un documento”. Pero un documento público nada tiene que ver con el zen. El “documento” zen cada uno lo trae a este mundo al nacer y trata de descifrar antes de morir (...) El koan está dentro de nosotros mismos y lo que el maestro zen hace no es más que señalárnoslo para que podamos verlo más claramente que antes. Cuando el koan es sacado del campo del inconsciente al campo de la conciencia, se dice que lo hemos entendido. Para realizar este despertar, el koan asume algunas veces una forma dialéctica pero con frecuencia asume, superficialmente cuando menos, una forma que carece en absoluto de sentido.8
 
Vuelve la rutina en el templo y la escasez. Pero se necesitan guías con conocimientos de inglés y él, junto con Tsurukawa, es escogido. Una mañana cualquiera un soldado gringo llega en compañía de una prostituta y al terminar el recorrido pelean fuertemente y el soldado pide a Mizoguchi que pise a la mujer. El la pisa en el vientre disfrutando enormemente al sentir esa piel que no lo rechaza, ignorando por completo que la mujer se encuentra embarazada. Se le obsequian cigarrillos que él da al prior. El prior promete llevarlo a la universidad (cabe anotar que el prior era una especie de tutor, amigo del difunto padre).
 
Mizoguchi y Tsurukawa ingresan a la universidad de Otani en 1947. El incidente de la prostituta se conoce en todo el templo pues ella se encarga de hablar personalmente con el prior y pedirle dinero a causa del aborto. Mizoguchi es reconocido como el culpable, pero nunca abiertamente. “No hay testigos, nadie ha visto nada”.
 
En la universidad decide entablar amistad con Kashiwagi. Esta decisión la toma gracias al defecto del muchacho. Los pies deformes eran para él un alivio.
 
Sé muy bien por qué vienes a hablarme ¿sabes? Creo que tú te llamas Mizoguchi, ¿no es eso? Pues bien, Mizoguchi, si lo que quieres es que los dos seamos amigos porque los dos estamos mal paridos, yo no tengo inconveniente. Pero compara nuestros dos infortunios y reconoce que el tuyo no es muy grave. Tú le das demasiada importancia a tu persona (...) (Mishima, 90)
 
Desplazando su anterior amistad con Tsurukawa, este es el comienzo de una extraña relación que cambia su forma de apreciar el mundo, y le abre la mente a nuevas ideas que Kashiwagi tiene muy arraigadas.
 
Kashiwagi le hace una serie de confidencias como esta: “El espantoso sentimiento de insuficiencia y abandono que nace de un antagonismo entre nosotros y el mundo, podría sin duda desaparecer, a condición de que cambiara uno de los dos: o el mundo o nosotros.” (Mishima, 92)
 
Mizoguchi esperaba que Kashiwagi le mostrara la vida, le enseñara como vivirla. Y eso hacía Kashiwagi, le mostraba sus trucos de conquista, la forma de relacionarse con los demás y con el mundo, con los objetos; con la belleza. Muchas de las cosas que aprende nuestro personaje se las debe a Kashiwagi, muchas de las ideas que escucha van a determinar su actitud hacia el Pabellón de oro.
 
Mizoguchi, después de un tiempo sin estar en el templo (tiempo de universidad), vuelve corriendo y se dirige hacia el Pabellón de Oro:
 
Con su sola presencia, el edificio ejercía no sé qué extraño poder de control y disciplina (...) La calma volvió a mí, disipando poco a poco mi terror. Así debía ser para mí la belleza: capaz de defenderme contra la vida, capaz de protegerme de ella. (Mishima, 108)
 
En una de sus usuales artimañas, Kashiwagi logra invitar a dos muchachas a una excursión y las dos parejas pasean por un bosque en un día nublado. La compañera de Mizoguchi cuenta la historia de la ceremonia del té y narra como la muchacha del kimono le ofrece leche materna al oficial pues este se iba a la guerra y habían perdido al bebé a causa de un aborto. Mizoguchi, a pesar de su sorpresa, permanece en silencio. Siempre se había preguntado por el motivo de tal ceremonia tan especial y ahora que lo sabía su asombro y curiosidad no habían desaparecido.
 
La increíble escena de la que fui testigo en los últimos días de la guerra en compañía de Tsurukawa, desde lo alto de la puerta Monumental, en Nanzenji, revivía delante de mí. Sin embargo, me guardé de decírselo a la chica; presentía que si hablaba, la emoción que acababa de experimentar con su relato traicionaría el misterio donde se bañaba mi emoción de la otra vez; con mi silencio, el relato que acababa de escuchar, lejos de volcar más luz sobre el misterio, le daría todavía una mayor profundidad y grandeza. (Mishima, 112)
 
Cuando por fin decide hablar sobre algo, su compañera lo interrumpe diciendo que sólo falta el ciego para conformar el trío de tullidos. Mizoguchi siente cómo su odio hacia ella se convierte en deseo y al besarla y deslizar su mano bajo la falda el templo del Pabellón de Oro se le aparece.
 
Con toda su majestad. Con su gracia melancólica. Caparazón de fastuosas estructuras donde subsisten los dorados agrietados. Siempre nítido, en aquel incomprensible punto del espacio que de repente lo alejaba de quien lo creía próximo, amistoso y distante a la vez... Así se me apareció.  Ahora obstruía el paso entre mí y la vida hacia la cual yo tendía. Primero como una miniatura, se agrandó bajo mis ojos hasta cubrir enteramente el mundo que me rodeaba sin omitir el más mínimo detalle, igual como le vi la otra vez, en la fina maqueta del Pabellón de Oro: Un Pabellón de Oro gigantesco englobando a casi todo el universo. Llenaba el mundo de una poderosa música que acabó por encerrar dentro de ella la significación del universo entero.9
 
En varias ocasiones, cuando Mizoguchi está a punto de tener una especie de satisfacción o una experiencia estética, el Pabellón aparece ante él impidiéndole toda satisfacción. De cierta forma, el mismo Pabellón le impide cualquier disfrute estético en que no esté presente él.10
 
Cuando regresaron de su día de excursión (un día de universidad) encontraron la noticia de que Tsurukawa había muerto. Mizoguchi no lloró la muerte del padre, pero sí la de Tsurukawa; empezó de nuevo a sentirse solo. El simple hecho de que Tsurukawa existiera producía en su vida una especie de claridad. Era él quien siempre intentaba aclarar las ideas y sensaciones que Mizoguchi tenía. Ahora, con su muerte, quedaba de nuevo en la oscuridad.
 
Una noche en que se esperaba un tifón se pidió un voluntario para cuidar del Pabellón. Mizoguchi se ofreció y al estar dentro del Pabellón sintió como era estar en el seno mismo de lo bello. Esperaba ser arrasado junto con el Pabellón. Estos pensamientos lo mantuvieron despierto y feliz hasta la mañana; pero el tifón se había desviado.
 
El año que siguió a la muerte de Tsurukawa fue para Mizoguchi un año de duelo, se alejó de Kashiwagi y encontró refugio en la biblioteca, leyendo novelistas y filósofos que le ayudaron a consolidar la idea del incendio, sin embargo no nombra ninguno pues quiere creer que ese acto sólo le pertenecía a él.
 
Una noche se encuentra con Kashiwagi —para quien la verdadera belleza estaba en lo efímero— tocando flauta y le regala otra flauta. Tienen una larga charla en la cual Kashiwagi le da una interpretación a la historia de “Nasen mata un gato”.
 
La belleza puede ofrecerse a cualquiera pero no pertenece a nadie. La belleza (...) es como una muela cariada, que nos roza la lengua, nos la agarra, nos hace daño, que yergue su existencia como un alfiler. Finalmente no podemos ya más con el dolor y el dentista nos la arranca. Entonces, al contemplar en el hueco de nuestra mano aquella pequeña cosa marrón, sucia, sanguinolienta, uno se dice más o menos: “¿Es esto? ¿Es esto lo que me hacía tanto daño, lo que no cesaba de recordarme su existencia de un modo tan desagradable, lo que me clavaba raíces tan tenaces? ¡No es más que materia muerta! Pero, esta cosa y la de hace un instante, ¿son realmente la misma cosa? Si ésta, al principio, formaba parte de mi envoltura exterior, ¿cómo, por qué conexión, ligándose a mi yo interno, pudo convertirse en una fuente de dolor? ¿Sobre que base reposaba? Y esa base, ¿existía en mí? ¿O bien existía en este objeto? Sea lo que fuere, lo que me han arrancado de las encías y lo que yace en el hueco de mi mano son dos cosas totalmente diferentes. De una manera positiva, ESTO ya no es AQUELLO. Y bien, tú ves, con la belleza ocurre lo mismo. Matar al gato significaba arrancar la muela que causaba dolor, extirpar la Belleza de raíz. ¿Queda resuelto el problema? Yo no lo sé. Las raíces de lo Bello, a pesar de todo, no habían sido cortadas; se mató la bestia, pero no, tal vez, su belleza. Y es para burlarse de esta solución demasiado cómoda que Choshu se pone las sandalias sobre la cabeza. Él sabía, por así decirlo, que no hay otra solución, sino soportar el dolor de muelas. (Mishima, 138)
 
Tratando de agradecer el regalo de la flauta, Mizoguchi se ofrece a darle algo a Kashiwagi. Este le pide unas flores del Pabellón. Al recibirlas hace un hermoso florero con ellas y su profesora de ikebana llega y al ver el arreglo lo alaba. Kashiwagi aprovecha para decirle que ya no la necesita (mantenían también una relación sentimental) y es a Mizoguchi a quien le toca consolarla. Descubre que ella es la mujer de la ceremonia del té y al contárselo, ya en el apartamento de ella, le ofrece su seno como lo había hecho con el oficial. Mizoguchi vuelve a tener la misma experiencia: se le aparece el Pabellón de Oro y le impide disfrutar. La gran experiencia que había tenido la oportunidad de apreciar, se le presentaba ahora como la posibilidad de ser partícipe de ella; sin embargo, el Pabellón vuelve a hacer su dramática y majestuosa aparición.
 
Esta vez, esa excitación se transformó en impotencia, en odio. Sentía que el Pabellón lo había apartado de la vida.
 
Por primera vez en mi vida le hablé con violencia: en un tono próximo al de la maldición, le lancé a la cara: “Algún día tú sufrirás mi ley. Sí, para que no te cruces más en mi camino, algún día, cueste lo que cueste, seré tu dueño.” (Mishima, 147)
 
La música que sale de la flauta que le había regalado su amigo, era lo único que el Pabellón de Oro le permitía disfrutar. A pesar de no tartamudear con ella, perdía todo su valor. Entre la vida y Mizoguchi siempre estaba el Pabellón de Oro.
 
Es en 1949 cuando su relación con el prior también juega un papel decisivo sobre el acto que él comete. El prior es para él una figura enigmática y poderosa. Siente que este siempre lo juzga, sin embargo el prior nunca le dice nada. Nunca le dijo nada acerca del suceso de la prostituta y nunca le dirá nada al sentir que Mizoguchi lo persigue en una calle del centro de la cuidad cuando el prior está en compañía de una geisha.
 
Es elegido para acompañar al prior a una ceremonia de investidura de un nuevo prior de otro templo. En ese momento el investido dice qué escuela ha escogido y a qué maestro.
 
Mientras seguía con los ojos el imponente despliegue del rito del incienso me preguntaba perplejo si, llegado el momento de pasar a la cabeza del Ro-kuonji y de proceder a la misma ceremonia, me sacrificaría a la costumbre y nombraría al Prior o si, rompiendo una tradición siete veces secular, daría otro nombre (...) No, yo no quería pronunciar el nombre del Prior, y era otro el que acudía a mis labios... ¿Otro? Pero ¿a qué maestro le debía yo mi despertar espiritual? ¿Cuál me había convencido para seguir su camino? Su nombre quedó bloqueado en mi boca, no llegó a salir, trabado por mi tartamudez. Porque yo tartamudeaba y, a pesar de todo, un nombre acabó por brotar: “La Belleza”. (Mishima, 156)
 
Según lo que le decía su madre, Mizoguchi era el “sucesor” —el llamado a ser el próximo prior— del Templo Kinkaku-ji y por consiguiente, del Pabellón dorado. Sin embargo, tras los sucesos que se habían presentando, las posibilidades estaban casi negadas.
 
Una carta llega de la universidad reportándolo como mal estudiante. Después de algún tiempo el prior le comenta que había pensado en él como un posible sucesor pero que ha cambiado de idea. La posibilidad de ser dueño del Pabellón se le había esfumado, así que comienza a planear huir de aquel sitio. “Es preciso huir (...) de esta idea que me hago de la belleza y que me ata (...)” (Mishima, 171)
 
En el templo Kenkun consigue una varita de zahorí que como el I Ching, indica de cierta forma, la decisión a tomar11. Sube a un tren con destino a su pueblo natal. En el trayecto se escuchan las voces de la gente del pueblo que juzgan a los templos y el dinero que manejan.
 
Se baja en la bahía de Maizuru y siente como todo ha cambiado. Encuentra el sitio lleno de soldados y de letreros en inglés. (De trasfondo está siempre la pérdida de la guerra y la ocupación de Japón por parte del ejército estadounidense; la posguerra, el hambre, la escasez). “¡Qué cambiado todo! Uno creía hallarse en un puerto extranjero: en todas las calles habían surgido unos letreros en inglés casi amenazadores. Soldados americanos iban y venían sin parar.” (Mishima, 176)
 
En una de sus caminatas tuvo una iluminación; “pero apenas llegué a vislumbrar el fulgor de su llamarada ésta ya se había apagado, desvanecido, perdido su significado.” (Mishima, 179) Siguió caminando hacia el mar —el gran mar de Japón— tratando de entender la iluminación, seguro de que cada paso me acercaba a la CLAVE (...)” (Mishima, 180)
 
De pronto me cruzó una idea (...) [la idea] le dio sentido a mi iluminación de antes y me inundó de una luz viva. Sin querer profundizar en ella todavía, me contenté con sufrir el impacto (...) ES PRECISO INCENDIAR EL PABELLÓN DE ORO. (Mishima, 181)
 
Nunca se le había ocurrido esta idea, ni siquiera pensaba en la posible destrucción del templo por manos suyas. Mizoguchi es inundado por la felicidad; la de haber concebido esa idea.
 
Si quemo el Pabellón de Oro —me decía— cometeré un acto altamente educativo. Gracias a ello las gentes aprenderán lo insensato de concluir por analogía en la destrucción de cualquier cosa, aprenderán que el simple hecho de haber seguido existiendo, de haber permanecido de pie (...) no es garantía de ninguna clase.” (Mishima, 184)
 
Al albergue donde se encuentra alojado, disfrutando de su idea, llega un policía que había sido llamado por la dueña, ya que en tres días Mizoguchi no había salido de la habitación. El policía lo lleva de nuevo al templo, donde lo espera su madre. Siente un inmenso odio hacia ella por haberle dado la vida.
 
Después de presentarle excusas al prior su vida continua como si nada hubiera pasado, salvo la felicidad de verse dentro de poco liberado.
 
Era 1950 y Mizoguchi tenía 21 años. Aunque fue el último estudiante de su promoción según las calificaciones, fue admitido para continuar los estudios. El dinero que había pedido prestado a Kashiwagi para escaparse a su pueblo natal, no tenía intención de pagarlo y Kashiwagi fue a cobrárselo al Prior. Este, sin embargo, tampoco dijo nada a Mizoguchi. Sus buenas relaciones habían concluido hace mucho.
 
Kashiwagi le mostró unas cartas, casi diarias, que el mismo recibía de manos de Tsurukawa. En ellas se podía entender que su muerte no había sido accidental sino que se trataba más bien de un suicidio por amor. Mizoguchi estaba asombrado que a él nunca le hubiera escrito y más asombrado estaba al ver todas esas cartas que le había escrito a alguien de quien él no gustaba. En su mente seguía sólo un pensamiento: “La Belleza, todo lo que es Bello, es ahora mi mortal enemigo” (Mishima, 204)
 
El prior le da dinero para pagar sus estudios. Mizoguchi siente que debe malgastar ese dinero para ser expulsado del templo y poder cumplir con su objetivo, sin embargo desiste de esta idea. Siente que lo que estaba haciendo eran los preparativos para su muerte pero: “indudablemente era para VIVIR, que yo quería prenderle fuego al Pabellón de Oro.” (Mishima, 207)
 
Decide acostarse con una prostituta y así acabar con el dinero. Se acuesta dos veces con Mariko y la última noche le dice: “Dentro de un mes —sí, un mes— se hablará mucho de mí en los periódicos. Acuérdate de mí, entonces.”(Mishima, 218) Ella se ríe. Al igual que Kashiwagi, no sabía creer.
 
El 25 de junio de 1950 estalla la guerra en Corea. El mundo iba a la ruina y Mizoguchi tenía que apurar sus planes.
 
Así empiezan todos los preparativos para el incendio. Dentro de su plan estaba una posibilidad bastante extraña: suicidarse. Había comprado una navaja y unos somníferos, que posteriormente echa al río.
 
Antes de llevar a cabo su plan, llega una visita al templo en ausencia del prior; el padre Zenkai. El padre Zenkai fue compañero del padre de Mizoguchi, y quería conocerlo. Mizoguchi habla con él y siente el deseo de ser comprendido por alguien. Sin embargo esto no funciona. El coraje para actuar brota de nuevo en él.
 
2 de julio. La alarma contra incendios no servía.
 
Ya no tardará mucho —me dije—. Un poco más de paciencia. Y la llave oxidada de la puerta que separa mi universo interior del mundo exterior dará una maravillosa vuelta en la cerradura. Una corriente de aire se establecerá entre los dos mundos, y ventilará libremente lo que hay dentro de mí. El cubo subirá, ligero, balanceándose como una pluma y el mundo entero se abrirá frente a mí con una vasta llanura y mi calabozo caerá convertido en polvo... Todo eso ya está a la vista... al alcance de mi mano —que para conseguirlo no tiene más que querer...” (Mishima, 231)
 
El Pabellón de Oro nunca había estado tan esplendoroso como aquella noche. Después de provocar el incendio con paja, esteras, almohadas, y otros materiales combustibles, buscaba un lugar donde morir. Su emoción era tal que quería morir consumido por las llamas. Intentó varias veces penetrar a un salón que estaba bajo llave y por fin desistió y salió a correr.
 
Corría. Sin tomarme el tiempo de respirar y a una velocidad que está por encima de la imaginación (...) me dejé caer en medio de los bambúes enanos y a la sombra de los pinos rojos, intentando calmar los locos latidos de mi corazón”. (Mishima, 243)
 
Al dirigir la vista hacia el Pabellón de oro ya no lo vio mas. Sólo observaba el fuego y el humo que se perdían en el aire. Prendió un cigarrillo.
 
QUERÍA VIVIR.
 
Así termina el libro en la página 249, con esta sentencia: “Quería vivir.”
 
Mishima recrea una situación real: El incendio del Pabellón de Oro. Mizoguchi narra los motivos que lo llevaron a incendiarlo. El libro concluye con una clara sentencia que pronuncia Mizoguchi y que serían las últimas palabras: quería vivir.
 
Mishima concluye el libro con el acto mismo del incendio que coincide con la expresión de satisfacción de Mizoguchi. Prende un cigarrillo y se afirma como ser viviente, afirma su razón de ser: la vida; afirma que quiere vivir. No dice: “quiero seguir viviendo”, sino que quiere vivir.
 
“The smoke of the destructive fire and the smoke of the cigarette have coalesced into an image of restfulness and comfort.” (Nemoto, 3)
 
Es desde allí que comienza la vida de Mizoguchi. Se recrea el proceso sicológico del protagonista antes y durante el acto, pero no después. Porque el después no tiene ninguna importancia para Mishima. Por esta razón Kobasashi Hideo dice: “The Golden Temple is not a novel, but lyric poetry. It would become a novel if Mizoguchi`s life after the arson were added.” (Nemoto, 3)
 
Mizoguchi empieza su vida, y así mismo Mishima empieza su trabajo de transformación: ese cuerpo débil que lo salvó de prestar su servicio en el ejército, se convertiría en un cuerpo hermoso gracias al físicoculturismo.